A vueltas con la humanización asistencial: algunas claves

La humanización ya forma parte del discurso sanitario habitual. Es un referente obligado, cuya significación todavía no es cuestión pacífica.  A veces aparece como un factor propio de una moda de buenísimo o de políticas para la mejora de la imagen asistencial.

En otras ocasiones se traduce en proyectos o programas piloto de los Servicios de Salud que suele tener un alcance temporal y limitado. No faltan responsables políticos que prefieren abrir líneas de trabajo y encomendar su desarrollo a Directores Generales o a Comisiones ad hoc.

Pero la humanización, por encima de todo, ha de entenderse como una nueva cultura asistencial, construida a partir de una visión integral del paciente, comprensiva de sus dimensiones física y psicosocial, sensible a sus emociones y sentimientos y atenta a sus circunstancias personales, familiares y sociales.

Esta cultura ha de reflejarse no solo en el día a día de la gestión asistencial, sino, sobre todo, cuando se adopten las grandes decisiones que van a condicionar la orientación y el funcionamiento del sistema sanitario.

En los tiempos que vivimos, marcados por el economicismo, esas decisiones son resultado de políticas más instruméntales que de corte humanista. Son las políticas de la eficiencia y del ahorro, hijas de la crisis y de los recortes presupuestarios, muy alejadas del objetivo de rehumanizar la asistencia sanitaria y recuperar su “calidez”.

Ello conlleva que la Sanidad enseñe un rostro poco humano, con una organización súperespecializada, compleja y altamente tecnificada. En un sistema sanitario así el paciente, con frecuencia, se siente inseguro y desorientado.

En suma, mientras la Sanidad se muestra satisfecha, casi ensoberbecida, por los avances y éxitos científicos en la lucha contra enfermedades hasta hace poco incurables, los pacientes no están plenamente satisfechos.

No les basta una Sanidad que ofrece certezas técnicas. No les satisface un sistema sanitario que no acierta a gestionar sus sentimientos, a pesar de que esto sea crucial para el cumplimiento terapéutico y para mejorar los resultados en salud.

Les preocupa que las estructuras y los criterios burocráticos-económicos lleguen a superponerse a esos sentimientos, postergando el deseable desarrollo de una relación fluida entre paciente y médico, basada en la cercanía, la comunicación, la escucha afectiva y la confianza mutuas.

Ante este estado de cosas hay que apostar por la rehumanización como fruto de una nueva cultura asistencial.

El sistema sanitario debería sintonizar mejor con cada paciente, entrar en su mundo, en sus padecimientos. En definitiva, frente a la “colectivización” ( masificación asistencial), nuestra Sanidad habrá de abrirse a la “ personalización”. Esto significa que habrá de estar más atenta a factores como el elevado índice de envejecimiento, el fenómeno creciente de la soledad, los problemas derivados de la discapacidad y de la dependencia y las circunstancias familiares y sociales.

Una Sanidad así requiere más participación de los pacientes, más recursos dedicados a la formación, más medios personales, así como revaluar las estructuras organizativas, todo ello en el marco de una Estrategia aprobada por el Consejo Interterritorial.

Y, desde luego, establecer indicadores, que permitan valorar resultados, dándolos a conocer al conjunto de los ciudadanos.

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